jueves, 30 de julio de 2009

Síganme, vamos al río


Jugaba a querer estar sola, a perderme en mí misma para no ver más allá de mi nariz, pretendiendo bienestar total ante las calamidades de domingo a sábado. De niña mis muñecas eran mis mejores amigas, cuando el niño Dios me trajo una bicicleta, no había algo mejor que salir por las calles del pueblo en las tardes y aventurarme a ir al río, a aventar piedras, simular que podía hacer mi propia isla rellenando sin parar un pedazo de corriente hasta que me cansaba y desistía en mis intentos. Tiempo después me encontré con un grupo de niños y niñas, quienes gustaban de pasear en bici como yo, me uní a sus planes, hasta aquella tarde cuando me pidieron liderear el grupo, me emocioné, era un logro, por fin había logrado que ellos fueran los que me siguieran a mi, pero, cuál fue mi sorpresa al voltear a ver a mis acompañantes, no había nadie, sólo mi propia estela de polvo, frené en seco, no lloré, emprendí la marcha nuevamente, ahora rumbo a mi casa.

Me pidieron hace tiempo ir al frente del grupo de ciclistas, gustosa lo hice, acabo de voltear y no hay nadie, voy pedaleando sola otra vez, esta vez sin rumbo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

les falto Fé

Anónimo dijo...

Es que sus bicis tenían llantas ovaladas. se cayeron y tu ya ibas muy adelante cuando volteaste...

Ya pues.

Nice Blog.

-- CDM --

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