sábado, 1 de diciembre de 2012

¡Niños, hora de comer!

Salí a comer con Joel, en la tele estaba el juego de ida de la tan disputada final de una de las ligas de fútbol mexicano que nunca me he ocupado por entender. Ahí estábamos en un "recuerdo de Zacatecas" porque aún cuando importé lo que más me ha gustado de mi ciudad natal, sigo con nostalgia tras mi regreso, será tal vez porque aunque detesto la palabra hubiera, desde el 28 de julio del 2011, es una palabra que siempre está la mano en mi bolsa de mano.
Pedí café de olla, por la misma razón que pido sopa de cebolla siempre que la veo en el menú, es mi propio reto de encontrar el mejor café de olla en el mundo, para comer sólo me conformé con una mulita. No lograba separar la vista de los comensales, incluso comenté: Esto es lo que disfruto cuando salgo a comer, ver gente, hay un vínculo tan curioso entre mesa y mesa. Tras ponerle punto final a mi frase, fue más difícil no observar a los rancheros, el solitario, los xolofans, el excholo y a la mesera, eran los únicos al alcance de la vista.
Me gusta etiquetar a los que comen e inventarles historias, por ejemplo, los xolofans fueron a ver el juego ahí porque no son fans de verdad y no les gusta gastar mucho en un bar, ni pensar invitar a los amigos a la casa de uno de ellos, les da flojera recoger cuando se van los invitados, además como ya dije, se veían muy codos.
Los rancheros no eran unos "cualquiera" eran adinerados aunque no les viera uno el billete por ningún lado, habían acabado su jornada de trabajo y como sus mujeres estaban enojados con ellos, tuvieron que salir solos a comer y a aguantar a los de al lado mientras gritaban cada vez que los Xolos estaban a punto de anotar un gol.
El solitario es un divorciado, perdió todo su dinero en los gallos y al separarse de su mujer, otro que sale a comer porque no hay quien le cocine.
El excholo era el que más me jalaba, llegó con su chica, una mujer guapa a su manera, tan rubia como Barbie y con curvas tipo Tongolele, también iba la suegra, la arrinconaron y ni le dirigieron la palabra, el peloncito tenía facha de malote sólo por los tatuajes y su look de pocho que trabaja en el otro lado, usa dickies a diario y por eso puede invitar a su jaina a echarse una carnita asada, incluso cuando no hablen durante toda la comida.
Mi mesera estaba cansada, pero como es una profesional, supo darme una buena explicación cuando le reclamé por un pelo que encontré en mi cabello,para mi sorpresa no lo era. Me cayó bien, le dejamos buena propina.

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